jueves, 4 de septiembre de 2014

5 Robar tiene consecuencias

Mi hermano es cuatro años mayor que yo. Astuto, calmado y paciente, nada lo molesta. Moreno de pelo churro color negro azabache, ojos color café y nariz pequeña.
Desde que tengo memoria siempre estuvo metido en líos, incluso en la actualidad lo sigue haciendo, pero eso sí, nunca me pidió que cargara con alguna culpa por sus inventos. Sus planes son mas que ingeniosos.
El barco era inmenso según recuerdo, contaba con un gran camarote, acorde a su tamaño, la cabina del capitán en color rojo intenso, lo bautizábamos como es debido, con el nombre “Los Hermanos”.
Mi hermano se nombro capitán. Salíamos a escondidas cuando mi madre se retiraba al trabajo, así lográbamos salir a pasear, él me invitaba con gran misterio, yo pensaba que era porque no cabíamos muchos, y era mejor que fuéramos pocos, pero eso no revestía mayor importancia para mí.
Yo la pasaba genial, con el agua fría, me disponía a jugar pero, no sin antes buscar mi salvavidas eso era lo primero, no me fuera a ahogar, bueno en realidad eran unas simples bolsas de plástico infladas de color naranja que simulaban ser salvavidas de los que vi una vez en la televisión. Lo cierto es que la pasaba muy bien, a tal punto que lograba por pequeños momentos apartar la televisión de mí mente.
–Todos a bordo, leven anclas –gritaba con voz abrumadora.
Yo ignoraba todas aquellas frases. Pero mi hermano seguía sin parar
–Tierra a la vista, marineros suelten anclas. Pronto estaremos en tierra firme.

Cuando terminábamos guardábamos el barco para que nadie supiera de su existencia. Según él porque nos lo quitaban y ya no podríamos jugar más.
Cierta tarde mi madre olvidaría no se qué (hasta la actualidad desconozco el motivo) llegaría sin avisar, no nos dio tiempo de ocultar el barco, los dos salimos corriendo sin parar dejándolo olvidado, yo al cuarto y mi hermano no supe a donde, pero mi mamá sí, encontró el objeto y empezó hacer preguntas sobre la naturaleza del mismo.
–¿De quién es? –pregunto, mientras señalaba el barco. 
–Un primo me lo presto, –respondió él con voz agitada.
Mi madre siempre se las sabía todas mas una (nunca ha dejado de sorprenderme) al parecer en los días próximos descubriría mediante la ingeniería social, que el dichoso barco no era de ningún primo, indago con la familia y ese fulano primo, hasta que termino atando los cabos sueltos.
Resulta que mi hermano joven e inmaduro había tomado el dinero de una de las gavetas de la mesita de noches sin preguntar, eso la molesto tanto.
Llego a la casa transformada ya no era la misma de siempre, roja como un tomate, hecha toda una fiera, no comento nada y agarro a mi hermano por un brazo.
–¿De dónde sacaste el dinero? –dije ella, molesta e infundiendo temor con la mirada.
Claro, ella ya lo sabía, pero mi hermano de inmediato se zafo como pudo y salió corriendo. Grave error. Se escondió bajo la cama vieja de caoba que pesaba más de ciento veinte  kilos. En ese momento ni por lo mente me paso de que se trataba todo aquel jaleo. Ella no mayor a cincuenta y dos kilos levanto la cama como si nada, usando una sola mano.
–Te doy una oportunidad y, escoge bien tus palabras hijo, –dijo con voz misteriosa, y mirada maliciosa–, de eso depende lo que te pase de aquí en adelante.
Mi corazón empezó a latir  a mil por horas. Estábamos en la recamara principal de la casa, una habitación con las paredes hechas de bahareque. A continuación lo que escasamente logre escuchar, pues lo dijo como un susurro.
–Un vez más, ¿de dónde sacaste el dinero?
Esa pregunta, la hizo con tanta serenidad. Me hizo temblar de pavor. Mi hermano tan ingenuo como su edad, ladeaba la cabeza de un lado a otro lentamente, mientras lloraba sin parar repitiendo.
–Mamá no me pegue, mamá no me vaya a pegar, yo le digo la verdad.
No me había dado cuenta en qué momento mi madre tenía el rejo en su mano y le hacía señas de que saliera de debajo de la cama. Él empezó a llorar con más afán pero aun no le habían pegado, pero era más que evidente, porqué estaba aterrado.
– Yo le digo la verdad mamá, pero no me pegue ­–eso repetía una y otra vez, pero no alcanzaba a decir más nada.
–Ah es que no me va a decir. Nada pues...
Le ha brindado aquella tremenda pela, que hasta yo lloraba diciéndole que no le pegará más.
–No volverás a tomar dinero nunca más sin avisar, –repetía insistentemente– primero te mato a palo. Ladrones no crió yo, odio a los ladrones son como los políticos.
–No lo vuelvo hacer más –dijo con los ojos hinchados de tanto llorar.
–Nunca más volverás a ver ese barco. –exclamó sin titubeo alguno.
Efectivamente el barquito de juguete nunca jamás lo vimos. No tarde mucho en darme cuenta sobre la lección que estaba viviendo.
Al poco tiempo de aquello hablamos mi hermano y yo sobre el tema en cuestión.
–Hermano, por favor nunca robes, y si lo haces que no te pillen. Duele mucho– afirmó mientras se soba las nalgas. Podía apenas sentarse.

Ahora entiendo que si aprendes es porque siempre hay alguien pendiente para reprender tus malas acciones, nada hay oculto de la noche a la mañana, todo tiene un precio y si hacemos mal a alguien las consecuencias son irremediables.

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